miércoles, 29 de julio de 2015

Indibil y Mandonio cambian de bando y decantan la balanza a favor de Roma


poblado-iberoSegunda Guerra Púnica


En el año 212 a. C., durante la segunda guerra púnica, los hermanos Publio y Cneo Cornelio Escipión pasaron al ataque, siendo derrotados y muertos por los cartagineses. La conducta de Asdrúbal Giscón, que exigió a ilergetes y ausetanos dinero y la entrega de la mujer de Mandonio y las hijas de Indíbil como rehenes y garantes de su fidelidad, los empezó a separarse de los cartagineses. 


Año 209. Cuenta Titp Livio que Publio Escipión (hijo) había pasado todo el invierno ocupado en la conquista de diversas tribus hispanas, bien mediante sobornos, bien mediante la devolución de sus compatriotas que habían sido tomados como rehenes o prisioneros. 

Al comienzo del verano Edecón, un jefe hispano famoso, vino a visitarle. Su esposa e hijos estaban en manos de los romanos; pero aquella no era la única razón por la que venía, también le influyó el aparente cambio de sentir que se produjo en toda Hispania en favor de Roma y contra Cartago. 

Por el mismo motivo se movíeron Indíbil, rey de los ilergetes, habitantes de la margen izquierda del valle del Ebro, y Mandonio, jefe del pueblo de los ausetanos, habitantes de las tierras próximas a la costa en el noreste de la península (Vich); que eran sin duda alguna los más poderosos príncipes de Hispania. Junto con sus fuerzas, abandonaron a Aníbal, se retiraron a las colinas que estaban sobre su campamento y, manteniéndose a lo largo de las cumbres de las montañas, se abrieron camino con seguridad hasta el cuartel general romano.

Cuando Asdrúbal vio que el enemigo estaba recibiendo tales incrementos de fuerza, mientras las suyas propias disminuían en la misma proporción, se dio cuenta de que seguiría la sangría a menos que efectuase algún movimiento audaz; así pues, decidió aprovechar la primera oportunidad que tuviera para combatir.

Escipión ansiaba todavía más una batalla; su confianza había aumentado con el éxito y no estaba dispuesto a esperar hasta que se hubiesen unido los ejércitos enemigos, prefería enfrentarse a cada uno por separado en vez de a todos juntos. Sin embargo, para el caso de que tuviera que enfrentar sus fuerzas combinadas, había aumentado sus fuerzas por cierto método ingenioso. Como toda la costa hispana estaba ahora limpia de buques enemigos, ya no estaba dando uso a su propia flota, así que tras varar los barcos en Tarragona hizo que las tripulaciones aliadas reforzaran su ejército terrestre. Tenía armamento más que suficiente, pues junto al conseguido en la captura de Cartagena tenía aquel fabricado posteriormente por la gran cantidad de artesanos.

Lelio, en cuya ausencia no emprendió nada de importancia, había regresado de Roma, por lo que en los primeros días de la primavera partió de Tarragona con su ejército combinado y se dirigió directamente hacia el enemigo.

Había paz por todo el país que atravesó; cada tribu, según se aproximaba, le daba una recepción amigable y lo escoltaba hasta sus fronteras. En su camino se encontró con Indíbil y Mandonio. El primero, hablando por sí mismo y por su compañero, se dirigió a Escipión con un lenguaje grave y avergonzado, muy diferente del discurso áspero e insensato de los bárbaros. Presentó el hecho de haberse pasado a Roma más como una decisión irremediable que como si reclamase la gloria de haberlo hecho a la primera oportunidad. 

Era muy consciente, dijo, de que la consideración de desertor era odiosa para los antiguos amigos y sospechosa para los nuevos; tampoco consideraba errónea esta manera de considerarlo, siempre y cuando el doble odio generado se refiriese al motivo y no al nombre. Luego, después de insistir en los servicios que habían prestado a los generales cartagineses y en la rapacidad e insolencia que el último había exhibido, así como en los innumerables males que les había infligido a ellos y a sus compatriotas, prosiguió: "Hasta ahora hemos estado aliados con ellos por lo que respecta a nuestra presencia física, pero nuestros corazones y mentes han estado desde hace mucho donde creemos que se aprecian el derecho y la justicia. Venimos ahora, como suplicantes a los dioses que no permiten la violencia y la injusticia, y te imploramos, Escipión, que no consideres nuestro cambio de bando ni como un crimen ni como un mérito; juzga y evalúa nuestra conducta, considerando qué clase de hombres somos, poniéndonos a prueba de ahora en adelante". 

El general romano contestó que, precisamente esto, era lo que él deseaba hacer; no consideraría como desertores a hombres que no mantuvieron una alianza en la que no se respetó ninguna ley, ni divina ni humana. Entonces llevaron ante ellos a sus esposas e hijos, que les fueron devueltos en medio de lágrimas de alegría. Desde aquel día fueron huéspedes de los romanos, concluyéndose por la mañana un tratado definitivo de alianza y marchando a traer sus tropas. A su regreso compartieron el campamento romano y actuaron como guías hasta llegar donde el enemigo.

El ejército de Asdrúbal, que era el más cercano de los ejércitos cartagineses, se encontraba cerca de la ciudad la antigua Baecula, tradicionalmente identificada con Bailén,  Ante su campamento tenía destacamentos avanzados de caballería. Los vélites, los antesignarios, soldados de vanguardia que iban inmediatamente delante de las enseñas, como iban al frente de su marcha y antes de elegir el terreno para su campamento, lanzaron un ataque con tal desprecio que resultó perfectamente evidente el grado de ánimo que poseía cada bando.

La caballería fue rechazada hasta su campamento en desordenada huida, avanzando los estandartes romanos casi hasta sus mismas puertas. Aquel día, con sus ánimos excitados por el combate, los romanos instalaron su campamento. 

Por la noche, Asdrúbal retiró sus fuerzas a un montículo en cuya cima se extendía una llanura. Había un río en la parte posterior, y por delante y a los lados tenía como una orilla escarpada que la rodeaba completamente. Por debajo de esta había otra planicie en suave declive, que también estaba rodeada por un repecho de difícil ascenso. A esta llanura inferior envió Asdrúbal, al día siguiente, a su caballería númida y a las tropas ligeras baleáricas y africanas, cuando vio las tropas del enemigo formadas en orden de batalla ante su campamento. 

Escipión, cabalgando entre la formación y las enseñas, les señaló que "el enemigo, habiendo abandonado de antemano toda esperanza de contenerlos en terreno llano, se ha retirado a las colinas: allí los podían ver, apoyándose en la fuerza de su posición y no en su valor y sus armas". Pero los muros de Cartagena que habían escalado los soldados romanos eran aún más altos. Ni colinas, ni una ciudadela, ni siquiera el propio mar habían sido impedimento para sus armas. Las alturas que había ocupado el enemigo solo servirían para que este tuviera que saltar sobre riscos y precipicios al huir, pero él les cortaría incluso aquella vía de escape. 

En consecuencia, dio órdenes a dos cohortes para que una de ellas ocupara la entrada del valle inferior por donde fluía el río y que la otra bloquease el camino que llevaba de la ciudad al campo, sobre la ladera de la colina. Él en persona llevó las tropas ligeras, que el día anterior habían barrido al enemigo, contra las tropas ligeras que se encontraban estacionadas en el repecho inferior. Marcharon inicialmente por terreno quebrado, impedidos solo por el camino; después, cuando llegaron al alcance de los dardos, fue lanzada sobre ellos una inmensa cantidad de toda clase de armas; mientras, por su parte, no solo los soldados, sino una multitud de vivanderos  mezclados con los soldados, lanzaban piedras tomadas del suelo, que se extendían por todas partes y que casi en su totalidad servían como proyectiles. 


Sin embargo, aunque el ascenso fue difícil y casi se vieron superados por las piedras y los dardos, con su práctica en aproximarse a las murallas y su tenacidad de espíritu lograron los romanos superar la primera. Estos, tan pronto como llegaron a terreno nivelado y pudieron sostenerse a pie firme, obligaron al enemigo, débil para sostener el cuerpo a cuerpo, compuesto por tropas ligeras armadas para escaramucear y que solo se podía defender a distancia mediante una clase de combate elusivo librado mediante descarga de proyectiles, a huir de su posición; dando muerte a gran cantidad de ellos, los empujaron hasta donde estaban las fuerzas situadas por encima de ellos, en la altura superior. Sobre esta, Escipión, habiendo ordenado a las tropas victoriosas que se levantaran y atacasen el centro del enemigo; dividió sus fuerzas restantes con Lelio: las que este dirigía fueron enviadas a rodear la colina por la derecha hasta que encontrasen un camino de fácil ascenso, él mismo, entretanto, dando un corto rodeo por la izquierda, cargarían contra el enemigo por el flanco. Como consecuencia de esto, la línea cartaginesa fue puesta en confusión mientras trataban de dar la vuelta y enfrentar sus filas hacia donde resonaban los gritos que les rodeaban por todas partes. Durante esta confusión llegó también Lelio y, mientras el enemigo se retiraba para no quedar expuesto a ser herido por detrás, su línea frontal se desarticuló y dejó un espacio que ocupó el centro, que por aquel terreno abrupto nunca habría podido pasar en formación y con los elefantes situados frente a los estandartes. Mientras las tropas del enemigo eran masacradas en todos los sectores, Escipión, que con su ala izquierda había cargado sobre la derecha enemiga, estaba ocupado principalmente en atacar su flanco descubierto. Y ahora ya ni siquiera quedaba espacio para huir, pues destacamentos de tropas romanas habían bloqueado los caminos a ambos lados, derecha e izquierda, y la puerta del campamento estaba bloqueada por la huida del general y sus principales oficiales; a esto había que añadir el miedo a los elefantes que, cuando estaban desconcertados, eran más temidos que el enemigo. Murieron, así pues, al menos ocho mil hombres.

domingo, 5 de julio de 2015

Escipión saquea Onusa después de la victoria en la desembocadura del Ebro

Resultado de imagen de desembocadura del ebroCuenta Tito Livio que al principio de aquel verano (en el año 217 a. de C.) comenzó la guerra en Hispania, tanto por tierra como por mar. 

Asdrúbal añadió diez barcos a los que había recibido de su hermano, equipados y dispuestos para la acción, y dio a Himilcón una flota de cuarenta buques. Luego partió de Cartago Nova, manteniéndose cerca de tierra, y con su ejército moviéndose en paralelo a lo largo de la costa, listo para enfrentarse a cualquier fuerza que el enemigo le presentara.

Cuando Cneo Escipión se enteró de que su enemigo había abandonado sus cuarteles de invierno adoptó, en un principio, la misma táctica, pero luego consideró que no debía aventurarse a un combate terrestre a causa de las persistentes nuevas de más tropas auxiliares. 

Después de embarcar una fuerza selecta de su ejército, se dirigió con una flota de treinta y cinco barcos a enfrentarse con el enemigo. El día después de salir de Tarragona (su cuartel de invierno) fue a anclar a un punto distante diez millas de la desembocadura del Ebro (entonces todavía sin delta o con un delta muy reducido). Despachó dos barcos marselleses en reconocimiento y regresaron con informes de que la flota cartaginesa estaba anclada en la desembocadura del río y que su campamento estaba en la orilla. Escipión levó anclas enseguida y navegó hacia el enemigo con intención de provocarles un repentino pánico al sorprenderles con la guardia baja y sin sospechar del peligro.

Había en Hispania muchas torres situadas en terrenos elevados y que se empleaban tanto como atalayas como de puestos de defensa contra piratas. Fue desde una de estas donde vieron primeramente a los buques enemigos y lo señalizaron a Asdrúbal; la confusión y el alboroto llegaron antes al campamento de la costa que a los buques en la mar, pues aún no se oía el chapoteo de los remos y otros ruidos de los buques al avanzar y las puntas de tierra ocultaban la vista de la flota romana. 

De repente, llegó un jinete tras otro, enviados por Asdrúbal, ordenando que todos los que vagaban por la playa o descansaban en sus tiendas embarcasen a toda velocidad y tomasen las armas, pues la flota romana estaba ahora no lejos del puerto. Tal orden fueron dando los jinetes por todas partes, antes de que el propio Asdrúbal apareciera con todo su ejército. 

Por todas partes había ruido y confusión, los remeros y los soldados estaban mezclados a bordo, más como hombres que huían que como soldados dispuestos a entrar en acción. Apenas estuvieron todos a bordo, unos soltaban amarras y se inclinaban sobre las anclas, otros cortaban los cables; todo se efectuaba con demasiada prisa y velocidad, estorbando las labores náuticas a los preparativos de los soldados e impidiéndoles disponerse al combate a causa del pánico y la confusión que prevalecía entre los marineros. Para entonces, no solo estaban ya cerca los romanos, sino que incluso habían dispuesto sus buques para el ataque. 

Batalla naval del Ebro primavera del 217 AC. Auto J.G. Mencia Los cartagineses estaban completamente paralizados, más por su propio desorden que por la llegada del enemigo, y giraron sus barcos para huir tras abandonar una lucha de la que sería más exacto decir que se intentó y no que comenzó. Pero resultaba imposible que su línea, ampliamente extendida, entrase a la vez por la desembocadura del río, así que los barcos fueron llevados a tierra por todas partes. Algunos de los que iban a bordo desembarcaron por aguas poco profundas, otros saltaron a la playa, con o sin armas, huyendo hasta el ejército formado a lo largo de la costa. Dos barcos cartagineses, sin embargo, fueron capturados al principio y cuatro resultaron hundidos.


Aunque los romanos veían que el enemigo estaba formado en tierra y que su ejército se extendía por la orilla, no dudaron en perseguir al enemigo aterrorizado de la flota. Se hicieron con todos los buques que no habían encallado sus proas en la playa o llevado sus cascos hasta los vados sujetando cabos a sus popas y arrastrándolos tierra adentro. De cuarenta embarcaciones, veinticinco fueron capturadas de esta manera. Esto no fue, sin embargo, la mejor parte de la victoria. Su importancia principal radicó en el hecho de que este encuentro insignificante dio el dominio de todo el mar adyacente. 

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A continuación, la flota navegó hacia Onusa y allí los soldados desembarcaron, capturaron y saquearon el lugar para luego marchar hacia Cartagena. Asolaron toda la comarca alrededor y acabaron prendiendo fuego a las casas adyacentes a murallas y puertas. 

Reembarcaron cargados con el botín, navegaron hacia Loguntica [Lucenrum ?, Alicante], donde encontraron gran cantidad de esparto que Asdrúbal había reunido para uso naval. Tras apoderarse del que podrían usar quemaron el resto. No se limitaron a recorrer la costa, sino que cruzaron hasta la isla de Ibiza [Ebusum] (desde antiguo un enclave fenicio) donde efectuaron un decidido pero infructuoso ataque sobre la capital durante dos días completos. 

Al darse cuenta de que únicamente estaban perdiendo el tiempo con una empresa sin esperanza, se dieron a saquear el país, devastando y quemando varias aldeas. Aquí lograron más botín que en el continente, y después de colocarlo a bordo, estando ya a punto de partir, llegaron algunos embajadores de las islas Baleares hasta Escipión para pedir la paz. 

Desde aquí, la flota navegó hasta la provincia Citerior, donde se reunieron embajadores de todos los pueblos de la zona del Ebro, algunos incluso de las partes más remotas de Hispania. Los pueblos que realmente reconocieron la supremacía de Roma y entregaron rehenes sumaron ciento veinte. Los romanos tenían ahora tanta confianza en su ejército como en su armada y marcharon hasta el paso de Despeñaperros [saltus castulonensem, el paso de Cástulo. Asdrúbal se retiró a Lusitania, donde estaba más cerca del Atlántico.

Ahora parecía como si el resto del verano fuera a ser tranquilo, y así habría sido, por lo que a los cartagineses concernía. Pero el temperamento hispano es inquieto y amigo de los cambios, y después que los romanos hubieran abandonado el paso y se hubieran retirado hacia la costa, Mandonio e Indíbil, quien fuese anteriormente reyezuelo de los ilergetes [de Iltirta-Ilerda, la actual Lérida.], rebelaron a sus compatriotas y procedieron a correr las tierras de aquellos que estaban en paz y alianza con Roma. Escipión envió un tribuno militar con algunos auxiliares ligeramente armados para dispersarlos, y después de un enfrentamiento sin importancia, pues eran indisciplinados y estaban desorganizados, fueron casi todos puestos en fuga, algunos resultaron muertos o se les capturó y una gran parte se vio privada de sus armas. 

Este altercado, sin embargo, trajo Asdrúbal, que marchaba hacia el oeste, de vuelta en defensa de sus aliados al sur del Ebro (que según los tratados era territorio cartaginés). Los cartagineses se encontraban acampados entre los ilergavones [pueblo que habitaba próximo a la desembocadura del Ebro (entre el Ebro y el Mijares); el campamento romano estaba en Nueva Clase [pudiera ser Ad Nova, entre Lérida y Tarragona, mencionada en el itinerario Antonino, cuando nuevas inesperadas cambiaron el curso de la guerra en otra dirección.
(Así las cosas, tenemos a los romanos en territorio ilergeta, apaciguado pero no contento; y a los cartagineses en territorio ilergavón, que recientemente había sido rapiñado por los romanos. Por lo tanto la situación de los cartagineses parece más cómoda).

(Pero los celtíberos, del valle del Ebro, pero más interior que ilergetas y e ilergavones, desequilibran las cosas a favor de los romanos incitados por éstos). Los celtíberos, que habían enviado a sus notables ante Escipión, como embajadores, y habían entregado rehenes (para reforzar su compromiso de fidelidad), fueron incitados por un enviado de Escipión (seguramente invocando a los rehenes  como coaación y al botín como recompensa) a tomar las armas e invadir la provincia de Cartagena con un poderoso ejército. Capturaron al asalto tres ciudades fortificadas, y combatieron dos batallas victoriosas contra el propio Asdrúbal, matando a quince mil enemigos, haciendo cuatro mil prisioneros y apoderándose de numerosos estandartes. 

Esta era el estado de cosas cuando Publio Escipión, cuyo mando le había sido prorrogado tras haber cesado en el consulado, llegó a la provincia que le había sido asignada por el Senado. 

viernes, 3 de julio de 2015

LA CIUDAD DE ONUSA EN EL RELATO DE TITO LIVIO.

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Desde Sagunto hacia la conquista de Italia. Anibal pasa por la ciudad de Onusa

Cuenta Tito Livio que tras la captura de Sagunto, Aníbal se retiró a sus cuarteles de invierno en Cartagena. 


Estando en Cartagena le llegaron los informes de cuanto ocurría en Roma y en Cartago y se enteró de que él era, además del general que iba a dirigir la guerra, el único responsable de su estallido. 



Como no quería más retrasos, vendió y distribuyó el resto del botín, convocó a todos aquellos de sus soldados que eran de origen hispano y se dirigió a ellos para arengarlos: "Creo que vosotros mismos, aliados, reconoceréis que, ahora que hemos reducido todos los pueblos de Hispania, no nos queda más que poner fin a nuestras campañas y licenciar nuestros ejércitos o llevar nuestras guerras a otras tierras. Si tratamos de ganar botín y gloria de otras naciones, estos pueblos disfrutarán no solo de las bendiciones de la paz, sino también de los frutos de la victoria. Dado que, por lo tanto, nos esperan campañas lejos de casa, y no se sabe cuando volvéis a ver vuestras casas y cuanto os es querido, os concedo licencia para que todo el que lo desee pueda visitar a su gente amada. Debéis volver a reuniros a principio de la primavera, para que podamos, con la benevolente ayuda de los dioses, dedicarnos a una guerra que nos proporcionará inmenso botín y nos cubrirá de gloria". 


Todos ellos agradecieron la oportunidad, ofrecida tan espontáneamente, de visitar sus hogares tras una ausencia tan larga y en previsión de una ausencia aún más duradera. El descanso invernal, tras sus últimos esfuerzos y antes de los aún mayores que habrían de hacer, restauró sus facultades mentales y físicas, fortaleciéndoles de cara a las nuevas pruebas.

En los primeros días de la primavera se reunieron conforme a las órdenes. 

Después de pasar revista a la totalidad de los contingentes nativos, Aníbal fue a Cádiz (Gades), donde cumplió sus promesas a Hércules en el famoso santuario fenicio de Melqart-Herakles, y se comprometió con nuevos votos a esa deidad en el caso de que su empresa tuviera éxito.

Como África sería vulnerable a los ataques procedentes de Sicilia durante su larga marcha a través de Hispania y las dos Galias hasta Italia, decidió asegurar los territorios que iban a quedar en retaguardia con una fuerte guarnición. Para ocupar su lugar requirió tropas de África, una fuerza consistente principalmente infantería ligera[iaculatorum levium: lanzadores de jabalinas ligeros]. Habiendo transferido así africanos a Hispania e hispanos a África, esperaba que los soldados de cada procedencia prestaran así un mejor servicio, estado obligados por obligaciones recíprocas.

La fuerza que despachó a África consistió en trece mil ochocientos cincuenta infantes hispanos con cetras [escudo de entre 50 y 70 centímetros, de cuero o madera forrada de cuero] y ochocientos setenta honderos baleáricos, junto a un cuerpo de mil doscientos jinetes procedentes de muchas tribus. Esta fuerza estaba destinada en parte a la defensa de Cartago y en parte a distribuirse por el territorio africano. Al mismo tiempo, se enviaron oficiales de reclutamiento por diversas ciudades; ordenó que unos cuatro mil jóvenes escogidos de los alistados fueran llevados a Cartago para reforzar su defensa y también como rehenes que garantizasen la lealtad de sus pueblos.

Las mismas previsiones hubieron de hacerse en Hispania, tanto más cuanto que Aníbal era plenamente consciente de que los embajadores romanos habían ido por todo el país para ganarse a los jefes de las diversas tribus. Puso al mando a su enérgico y capaz hermano, Asdrúbal, y le asignó un ejército compuesto principalmente por tropas africanas: once mil ochocientos cincuenta de infantería africana, trescientos ligures y quinientos baleares. A estos infantes auxiliares añadió cuatrocientos cincuenta de caballería libio-púnica (raza mezcla de púnicos y africanos), unos mil ochocientos númidas y moros, habitantes de la orilla del océano y un pequeño grupo montado de trescientos ilergetes alistados en Hispania. Finalmente, para su sus fuerzas terrestres estuviera completa en todas sus partes, asignó veintiún elefantes.

La protección de la costa precisaba una flota, y como era natural suponer que los romanos emplearían nuevamente este arma, con la que habían logrado antes victorias, destinó una flota de cincuenta y siete buques, incluyendo cincuenta quinquerremes, dos cuadrirremes y cinco trirremes, aunque únicamente estaban dispuestas y pertrechadas de remos treinta y dos quinqueremes y los cinco trirremes.

Desde Gades volvió a los cuarteles de invierno de su ejército en Cartagena, y desde Cartagena comenzó su marcha hacia Italia.

Pasando por la ciudad de Onusa, marchó a lo largo de la costa hasta el Ebro.

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¿Dónde estaba Onusa?


¿Qué era Onusa?


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Dice la leyenda que mientras estaba detenido antes de cruzar el Ebro, vio en sueños a un joven de apariencia divina que le dijo que le había enviado Júpiter para que actuase como guía a Aníbal en su marcha a Italia. Debía, por tanto, seguirle y no apartar los ojos de él. Al principio, lleno de asombro, lo siguió sin mirar a su alrededor ni hacia atrás, pero como la curiosidad instintiva le impulsaba a preguntarse qué era lo que le estaba prohibido mirar a sus espaldas, ya no pudo controlar sus ojos. Vio detrás de él una serpiente grande y maravillosa, que se movía derribando árboles y arbustos frente a ella, mientras a su paso levantaba una tempestad de truenos. Él le preguntó qué significaba aquel maravilloso portento y se le dijo que era la devastación de Italia; que tenía que seguir adelante sin hacer más preguntas y dejar que su destino permaneciera oculto.

Complacido por esta visión, procedió a cruzar el Ebro con su ejército, en tres grupos, tras enviar hombres por adelantado para asegurarse con sobornos la buena voluntad de los habitantes galos en sus lugares de cruce y también para reconocer los pasos de los Alpes.

Llevó noventa mil de infantería y doce mil de caballería a través del Ebro. Su siguiente paso fue someter a los ilergetes, los bargusios y a los ausetanos, así como el territorio de la Lacetania que se encuentra a los pies de los Pirineos. Puso a Hanón al mando de toda la línea de costa para asegurar el paso que conecta Hispania con la Galia, y le dio un ejército de diez mil infantes para mantener el terreno y mil de caballería. Cuando su ejército comenzó el paso de los Pirineos y los bárbaros vieron que era cierto el rumor de que les llevaban contra Roma, tres mis carpetanos desertaron. Se dio a entender que les indujo a desertar no tanto la perspectiva de la guerra como la duración de la marcha y la imposibilidad de cruzar los Alpes. Como hubiera sido peligroso exigirles volver o tratar de detenerlos por la fuerza, por si se levantaban los ánimos del resto del ejército, Aníbal envió de regreso a sus casas a más de siete mil hombres que, según había descubierto por sí mismo, estaban cansados de la campaña; al mismo tiempo hizo parecer que los carpetanos habían sido despedidos por él.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Ocupando el antiguo valle del oso después de la rendición de los sarracenos ante don Jaime

lapothoLa rendición de los sarracenos en la cuaresma de 1238, deja las cosas muy parecidas a como eran antes de la conquista. Que sea una rendición  y no una derrota hace posible el pacto, y sobre todo, lo que da es el derecho a los sarracenos de quedarse en el valle.

En esos primeros momentos lo único que realmente le importa a don Jaime es el control del castillo, y por eso, la misma tarde de la rendición sus hombres se ocupan de comprobar que no hay ninguna guarnición allí arriba, tal como le habían asegurado los ancianos durante la comida. El castillo, le habían dicho, no tiene caid ni hombres de Zayyan que lo guarden. Somos nosotros quienes nos ocupamos de él, y por lo tanto podemos rendirlo.

El castillo de Almenara, que se había rendido hacia poco, sí tenía una guarnición, y por eso habían tenido que pactar la rendición con el consejo de ancianos y con el caid.

De todas formas, a pesar de la palabra de los ancianos del valle, don Jaime no subió en el primer grupo. Solamente cuando comprobaron que no había nadie se reunió con los demás.
Con el castillo en su poder poco más había que organizar allí.

Sin embargo, apenas diez años después, se producen los levantamientos. Primero en el sur del reino, y después aquí en la sierra de Espadán.

Los levantamientos son sofocados, pero la situación ya no es la misma. Hay expulsiones y por lo tanto hay que pensar en cómo se cubren los huecos dejados. Hay que pensar en la repoblación y en que si hay nuevos levantamientos, éstos no afecten a los enclaves estratégicos.

Después del levantamiento, don Jaime y sus hombres convienen en que Valencia no puede quedar desconectada de Tortosa, pero también en que Burriana debe quedar salvaguardada de la sierra de Espadán en el caso de que se produzcan allí problemas.

Para ambas cosas van a servir los nuevos asentamientos que se fundan formando un cinturón protector y cubriendo el territorio entre Almenara y los dominios de las órdenes militares. Así nacen Nules, Villarreal y Castellón.


El valle del oso queda fuera de este esquema y disponible para ser entregado en régimen de señorío para cumplir con algún compromiso adquirido por el rey. 

lo cierto es que don Jaíme había tratado de repartir las tierras conquistadas procurando evitar la concentración en pocas manos. Ya en los primeros años, que se le adelantara don Blasco en la conquista de Morella, le causó gran preocupación. Bien estaba que don Blasco se quedase con Morella, pero ese caso especial no debía servir de ejemplo.

Desde incluso antes de iniciarse la conquista venían los compromisos con el obispo de Tortosa. Los nuevos asentamientos podían de algún modo cubrir esos compromisos. Esepcialmente ilusionado estaba el obispo con la fundación de Nules, que le parecía asegurada el límite sur de la dióceisis. 

Con las órdenes militares del Temple y del Hospital había cumplido dejando bajo su control los territorios fronterizos del  norte del reino conquistado. Pero había otros muchos caballeros que habían estado con él en los momentos más duros y merecían  recompensas.






domingo, 7 de septiembre de 2014

La estrategia de don Jaime para conservar Valencia

Aún no habían pasado diez años desde la conquista de Valencia, cuando se inició una revuelta en el sur del reino liderada por Al-Azraq. 

Don Jaime estaba ausente tratando de resolver las cosas de Navarra y estaba además en guerra con su yerno el rey de Castilla, y esa fue la ocasión que aprovecharon para levantarse.

Durante el verano de 1247, los musulmanes levantados se apoderaron de algunos castillos, que retuvieron, hasta que en diciembre fueron sofocados. Como represalia,  se decretó la expulsión de muchos de ellos.

A pesar del fracaso de los del sur, en enero del año siguiente se levantan los musulmanes de la sierra de Espadán. También esta rebelión es sofocada y acaba con la expulsión de muchos musulmanes en Sagunto, Almenara y Segorbe.

La consecuencia más inmediata es la decisión de fortificar más los castillos, pero se toman también decisiones más estratégicas.

La conexión entre la ciudad de Valencia y Tortosa no puede perderse, pase lo que pase. Para ello, aunque hubiera una revuelta en la sierra, debe quedar garantizado el control de los caminos que unen Valencia con las tierras catalanas.

La forma en que don Jaime y los hombres que le aconsejan pretenden conseguir este propósito es la fundación de asentamientos  importantes en la plana del rio Mijares, estratégicamente colocados, protegiendo los antiguos caminos romanos que la cruzan de norte a sur.

Los lugares elegidos son Moncofar, Nules, Villarreal y Castellón; en los que ya existen algunas alquerías. Salvo en el caso de Nules, para el que se elige una ubicación totalmente nueva.

Es una gran empresa para la que hacen falta apoyos. Uno de los principales es el del obispo de Tortosa.

Ya en 1225, el obispo de Tortosa había sido uno de los impulsores más entusiastas de la conquista de Valencia por lo que tenía de recomposición de la antigua diócesis visigoda. Ahora se trata de garantizar que no se pierda lo conquistado, y es precisamente la antigua diócesis, que llegaba según la tradición que tenían por buena, hasta Almenara, la que queda especialmente defendida con este proyecto.

El interés del obispo se centra sobre todo en la fundación de Nules. La forma de demostrarlo fue la renuncia a la mitad del diezmo que le correspondía, en favor de Guillem de Montcada, que habría de ser el señor del nuevo asentamiento.

El proyecto requería por supuesto de nuevos pobladores, que vinieron sobre todo de tierras catalanas, amparados bajo las condiciones que fijaban las cartas pueblas. 

Pero hacían falta también maestros de obras, administradores y notarios. Había que distribuir las tierras pero también de dónde y cómo habría de venir el agua y dónde los molinos y todos los demás adelantos que ya se tenían en las ciudades de aquel tiempo. Un trabajo de muchos años. que durará más que la vida del rey don Jaime.

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domingo, 31 de agosto de 2014

Ocupando el territorio tras la conquista de Valencia. Los señoríos del nuevo reino


Las tensiones entre don Jaime  y los señores aragoneses venían de lejos. Conquistada Valencia, parecía que todo iba a ser más fácil ya que de lo que se trata es de repartir bienes, pero eso no significa que no se mantuvieran las diferencias. 

Los señores aragoneses se sitúan en el interior, los catalanes, en tierras y ciudades de realengo en el litoral; y la población mudéjar, en diversos enclaves, sobre todo en las zonas más pobres, después de diversos reasentamientos fruto de sus revueltas y expulsiones.

Para complicar las cosas, don Jaime tenía una serie de compromisos con las órdenes militares del Temple y del Hospital, que colaboraron en la conquista, y con el obispo de Tortosa porque la conquista era para don Jaime una recuperación de la antigua diócesis visigoda.


Con todo esto, acabara resultando un reparto, en el que se van conformando los señoríos. Pero qué es el señorío y qué significa ser señor en el Reino de Valencia.

En el señorío pueden distinguirse dos elementos aunque se trata de una unidad indivisible. el jurisdiccional y el territorial.

El elemento jurisdiccional del señorío  le otorga al señor la facultad de juzgar y gobernar, así como percibir ciertos derechos económicos inherentes a la jurisdicción.

En los primeros tiempos los señores tienen sólo el derecho a juzgar causas civiles, no criminales. Algo que cambiaría después acumulando el derecho de juzgar también causas criminales.
  
Los señores tenían derechos económicos de dos tipos.

Por un lado, el Diezmo sobre la agricultura, la  ganadería y la pesca, que había sido un derecho propio del rey, otorgado por el papa a Jaime I para financiar la reconquista, pero que se había trasladado a los señores.

Por otro lado, los monopolios o regalías, las "banalites", también facultades reales enajenadas, consistentes en el monopolio de establecimiento de ciertas industrias, servicios o infraestructuras.

Se pagaba por pasar las aduanas, ya que el señorío era como un estado, un estado señorial; por derechos de puertas en los núcleos amurallados; Sisas: una forma de impuesto en la que al aplicarse no aumentaba el precio, sino que disminuía la cantidad. También Derechos sobre la circulación de personas y bienes: pontazgos, peajes viarios, barcajes; derechos de pastos a los ganaderos y otros por la utilización del bosque o tierras yermas, a madereros, carboneros, apicultores, etc. Había también derechos
por el uso de servicios o actividades, como la tienda, hostales, tabernas, hornos y panaderías. Derechos por el uso de artefactos agrarios como los molinos,  empleados para moler grano, yeso, o mover batanes textiles, las almazaras, las prensas de vino y lagares.

Normalmente el señor arrendaba el cobro de sus derechos por diezmos y monopolios. El grupo de rentas derivadas de los monopolios o regalías eran las más importantes del elemento jurisdiccional. Juzgar y gobernar también daba dinero (multas, etc.), pero tenían una costosa administración, autofinanciándose raramente.

En el Reino de Valencia no había reservas o tierras de explotación propias del señor, sino solamente a nivel testimonial, la huerta del señor y el castillo o la casa. En suma, sus propiedades plenas eran escasas.

Todo lo demás lo cedía a sus vasallos mediante una fórmula distinta al arrendamiento o la aparcería. El arrendamiento era un tipo de contrato poco atractivo para alguien que va a repoblar un territorio más o menos lejano, por lo que se estableció una fórmula más estable: la enfiteusis.

La enfiteusis es una relación contractual que comprende un derecho de propiedad o derecho real, que no es completo, sino subsidiario, cuyo ejercicio tiene que reconocer otro derecho de propiedad superior, el del señor.

El derecho de propiedad que tiene el señor se llama dominio directo, y el derecho de propiedad que tiene el vasallo se llama dominio útil.  Juntos forman el derecho de propiedad plena.

En el Reino de Valencia todas las enfiteusis eran perpetuas sin límite temporal.

Por su parte el dominio directo facultaba al señor a exigir al amo útil ciertas prestaciones.

Pagos anuales en metálico, los censos. Pagos en frutos o especies, fijos (un cierto número de cahices, etc.), o lo que era más corriente, proporcionales,  particiones de frutos. El Lluisme, que era una cantidad a pagar al señor por cada transmisión ínter vivos del dominio útil por donación o compraventa. El Derecho de Fadiga, o tanteo, que deshace la venta antes de hacerla, por lo que es diferente del retracto, que deshace la venta después de hecha esta. El Derecho de Comisio, por el que el señor podía quitar el derecho útil al vasallo, si no cumplía sus obligaciones, como por ejemplo pedir permiso para las trasmisiones ínter vivos. En caso de conflicto, señor y vasallos podían acordar una “concordia” y revisar notarialmente la relación entre ambos.

En la enfiteusis, el vasallo debía declarar al señor todas sus propiedades y derechos, que se recogían en un documento notarial, el capbreu, para ir recogiendo los cambios de propiedad del dominio útil, las trasmisiones y la extensión de los cultivos.  

Todo esto generaba una relación entre señores y vasallos  en la que había muchas cosas sobre las que discutir. Los vasallos podían acudirá a la ley para defender sus derechos y podían también organizar revueltas. El señor tenía que calcular hasta dónde podía llegar en sus exigencias para no provocarlas. 

martes, 26 de agosto de 2014

El factor desequilbrante en los hechos de armas fueron los almogavares

Cuando una situación de guerra se prolonga durante mucho tiempo, en los territorios de frontera es muy difícil llevar una vida normal dedicada a la agricultura o a la ganadería. Fuera del refugio de las ciudades se está siempre en peligro de que las incursiones enemigas se lleven el trabajo de meses en un solo día, o peor aún, que se lleven rehenes o que se produzcan bajas.

Esto es lo que sucedió durante mucho tiempo en las zonas de frontera entre sarracenos y cristianos en el noreste de la península ibérica.

En estas circunstancias, las gentes más rudas fueron dedicándose cada vez más al saqueo del otro lado de la frontera. Una vida relativamente más fácil que la de cultivar o cuidar ganado, puesto que en pocos días se conseguía un botín que podía durar meses.

A medida que la frontera fue bajando, se fueron incorporando a este modo de vida más y más serranos de las montañas de Aragón y Cataluña, y acabaron teniendo un nombre: los almogávares.

Al ser muchos ya se les podía localizar y pactar con ellos recompensas y botín a cambio de pelear por alguna causa.

En tiempos de la conquista de Valencia ya se pudo formar con ellos una compañía especialmente belicosa.

Incluso antes ya se tenía un imagen bastante definida sobre ellos.

Estas gentes que se llaman Almogávares no viven más que para el oficio de las armas. No viven ni en las ciudades ni en las villas, sino en las montañas y los bosques, y guerrean todos los días contra los sarracenos: y penetran en tierra de sarracenos una jornada o dos, saqueando y tomando sarracenos cautivos; y de eso viven. Y soportan condiciones de existencia muy duras, que otros no podrían soportar.

Que bien pasarán dos días sin comer si es necesario, comerán hierbas de los campos sin problema. Y los adalides que los guían conocen el país y los caminos. Y no llevan más que una gonela o una camisa, sea verano o invierno, y en las piernas llevan unas calzas de cuero y en los pies unas abarcas de cuero. Y traen buen cuchillo y buena correa y un eslabónen el cinto. Y trae cada uno una buena lanza y dos dardos, así como una panetera de cuero a la espalda, donde portan sus viandas. Y son muy fuertes y muy rápidos, para huir y para perseguir; y son catalanes y aragoneses y sarracenos.

Su dedicación exclusiva a la guerra como forma de vida les hizo temibles en la lucha tanto por tierra como por mar.

Fueron ellos los que formaron las tripulaciones de las galeras que lucharon contra los franceses en las costas catalanas, y fueron ellos los que aniquilaron el ejército francés cuando este se retiraba cruzando los Pirineos mandados por Roger de Lauria.

Por eso cuando el conflicto en la casa de Aragón y la casa de Anjou  a cuenta de Sicilia se da por terminado, los almogávares se encuentran desubicados y sin una misión que cumplir. Tienen que recurrir a nuevas aventuras más hacia Oriente, pero eso está ya detrás de nuestro horizonte.