jueves, 8 de septiembre de 2016

¿Vulneró Anibal el Tratado del Ebro sitiando Sagunto?

Sagunto es el detonante o el pretexto, tal vez a su pesar, para el estallido de la Segunda Guerra Púnica. Roma considera el ataque de Anibal a Sagunto como casus belli, un motivo suficiente para iniciar una guerra, pero por qué se produce el ataque de Anibal es algo que no está claro. No lo estuvo para los historiadores antiguos ni  lo está para los de ahora.

Tampoco se sabe con certeza cuándo se habían iniciado las relaciones entre Sagunto y Roma más allá del genérico“muchos años antes de la época de Aníbal” en expresión de Polibio.  


El hecho de que Roma no intervenga durante el sitio de Sagunto  apunta a que el acuerdo entre ambas ciudades no era de carácter jurídico lo que le impedía actuar legítimamente en el conflicto.

¿Qué clase de acuerdo había entre Roma y Sagunto? ¿Qué acuerdos tenían romanos y cartagineses? ¿ Quién vulneró los acuerdos?

En el año 226 a. C. Se firma el Tratado del Ebro, por el que el río Ebro se fija como  la frontera natural y límite de los dos imperios.

Una primera cuestión es la razón de la firma del tratado.

Amilcar es sustituido por su yerno Asdrúbal, conocido más por sus dotes de diplomático que de estratega militar.  En poco tiempo Asdrubal no obstante consigue un gran prestigio en la zona que genera desconfianza en ciudades como Sagunto  que miran a Roma como garantía de protección. Pero Roma en ese tiempo tiene otros frentes abiertos: los galos están dando problemas que requieren toda la atención. Es por ello que resulta verosímil que fueran los romanos los que se dirijan a Asdrubal para fijar una frontera que permita olvidarse por el momento de conflictos entre cartagineses y romanos para que éstos se concentren en el asunto galo.

Resultado de imagen de tratado de ebroAsí planteado el acuerdo, Sagunto queda del lado cartaginés, pero los historiadores romanos siempre contaron que el sitio y ataque a Sagunto por Anibal, hijo de Amilcar, fue una vulneración del tratado. 


¿Debían los cartagineses respetar la independencia de la ciudad de Sagunto, bajo la protección y supervisión de los comisionados romanos, a pesar de estar al sur del Ebro?



Para zanjar este asunto, algunos expertos han optado por  la hipótesis de que el río al que se refiere el tratado no es el Ebro sino algún otro al sur de Sagunto, pero es una suposición un tanto extraña, por lo que parece más lógico explorar otras vías de explicación.

En la Península, aunque sin duda había otros puntos de comercio o emporia frecuentados por griegos en las costas mediterráneas peninsulares, Sagunto debía de ser, además de uno de los más antiguos, uno de los más importantes.

Sagunto, vinculado o dependiente del asentamiento ibérico  Arse, pero separado de éste, estaba ubicado junto al mar, en el actual Grau Vell desde finales del s. VI a.C. con una clara vocación comercial , esto es, de favorecer la llegada y el acceso de aquellos comerciantes que circulaban por las costas mediterráneas de Iberia y que podían hallar en ese punto de intercambio, en ese emporion, las facilidades necesarias para proceder a los intercambios.

Con el tiempo, la situación de Sagunto durante la segunda mitad del s. III a.C. muestra la concurrencia de intereses diversos y, ocasionalmente, opuestos. La presencia directa de Cartago, con deseos de permanencia que se demuestra con la fundación de Cartago Nova, tiende a ejercer un control directo sobre los puntos en los que se producen los intercambios, es decir, los emporios.

Sagunto se ve, pues, inmersa en un mundo de intereses encontrados que, tomando como base los objetivos comerciales, tiende a proyectarse a niveles de control, económico y político. A la tradicional relación del ámbito saguntino con el comercio griego dirigido desde Emporion (Ampurias) y Masalia (Marsella),  y al púnico dirigido desde Ibiza, a los que se va sumando con cierta timidez el comercio itálico, basado en las relaciones amistosas entre Masalia y Roma, se le añade de improviso la presencia cartaginesa. La fundación de Cartago Nova provoca un cambio radical por la introducción de un nuevo componente político, que no podía dejar de introducir desequilibrios importantes en toda la región.

La iniciativa por parte de Roma del Tratado del Ebro en el año 226 a. de C. es una primera señal de cómo ésta intenta coartar el expansionismo cartaginés algo que, en ese momento, Asdrúbal acepta porque, implícitamente, obtiene un reconocimiento de su política, sellado con la fundación de Cartago Nova. Sin embargo, no parece lógico que el tratado se abordara  la situación ni de las comunidades indígenas ni de los emporios situados al sur del Ebro porque ni ello tenía sentido desde un punto de vista jurídico ni Asdrúbal hubiese aceptado entonces las condiciones romanas.


La nueva situación produce una serie de enfrentamientos internos con los círculos dirigentes que serían, al menos en parte, procartagineses.

Roma interviene en esos conflictos internos  con la ejecución de una serie de notables cuya proximidad con Cartago quedaría, así, certificada. Si, al tiempo, el conflicto interno surge también porque se agudizan las tensiones entre grupos oligárquicos y populares es algo que tampoco se puede descartar.

Resultado de imagen de virtus romanaEn ese contexto se produce el asedio de Sagunto por Anibal, que no vulnera el tratado, puesto que Sagunto está al sur del Ebro y no parece verosimil que  el tratado tuviera una clausula especial sobre Sagunto.

Pero, eliminado el peligro galo, Roma ya no ve con buenos ojos el creciente poderío cartaginés en la Península Ibérica y mucho menos que esta peligrosa empresa se llevara a cabo por personalidades como las de los caudillos Bárcidas. Por ello necesitaba un pretexto para intervenir de manera directa en la Península y éste se lo proporcionó Sagunto y su asedio que se justifica después con la añadiendo la clausula o falseando la ubicación de Sagunto con respecto del Ebro, con el fin último de salvaguardar la virtud de Roma.


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Sagunto, el emporion de Arse, punto de fricción entre las políticas de Roma y Cartago en la península Ibérica


Adolfo J. DOMÍNGUEZ MONEDERO Universidad Autónoma de Madrid

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Zακαvθα (Sagunto) y el Tratado del Ebro (226.a.C.)

 El problema de un casus belli. 

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lunes, 29 de agosto de 2016

FENICIOS EN IBERIA. EL CENTRO RECEPTOR DE TORRE LA SAL


Canaan

Los habitantes de Canaán, quizás procedentes de Arabia, Amurru, el país de Edom o de Moab, mezclados con los autóctonos habitantes paleolíticos y neolíticos se establecieron en la costa desde el monte Carmelo hasta Ugarit.  En esta costa fundaron numerosos puertos, Biblos, Sidón o Tiro, en cabos o islas próximas al litoral.

Desde el III milenio entraron en contacto con Egipto, país al que suministraban madera de cedro y de  abeto, muy adecuadas para la construcción de  barcos; además de  aromas, aceites y resina. 

Sobre todo Biblos y Sidón desde el siglo .XVIII a. de C. mantenían relaciones con los egeos, dueños del mar, cretenses primero y micenios después, que frecuentaban sus puertos. 


Cuando la invasión de los misteriosos pueblos del mar, hacia el 1200 a. de C., los liberó de la tutela egipcia, reemplazaron el poder micénico en la zona, que había entrado en su edad oscura.  

A partir de entonces conservaron su independencia bajo la tutela de Tiro y alcanzaron una era de prosperidad. 

Hacia las columnas de Hércules


Su área de influencia se extendió progresivamente. Por una parte, desempeñaron el papel de agentes e intermediarios entre occidente y oriente, controlando, por tierra, los puntos a donde iban a parar las caravanas del desierto.  Hama, Damasco o Thapsaco son lugares donde adquirían las mercancías orientales; y por otra parte, fundando, alrededor del Mediterráneo, numerosas factorías comerciales y colonias. 

En el siglo X  a. de C., ya estaban  instalados en Chipre y en las costas de Asia Menor, donde chocaron con los griegos, que los desbancaron de Rodas, de las Espóradas y de las Doradas, donde habían permanecido durante algún tiempo.

mapatartessosBuscaron entonces nuevos mercados en el Mediterráneo occidental dejando Tirrenia a los etruscos y a los griegos. Establecieron en Sicilia occidental y en las islas de Malta, Gozo y Pantelleria bases propicias para el comercio con Africa. 

A través de Cerdeña e Ibiza llegan a la península ibérica, al país de Tarsis, donde sus barcos recogen el estaño y la plata procedentes de la península o de las islas Casitérides.

Su poder era naval. Cualquier innovación técnica que facilitase una mayor carga de mercancías, más rapidez o protección frente al enemigo era aplicada inmediatamente a los navíos. Sus embarcaciones tenían el casco con forma ancha y redonda. Los griegos las llamaban gaulós (bañeras).

La habilidad marinera de los fenicios era ampliamente conocida entre los pueblos vecinos y suscitó siempre una gran admiración. En realidad, el dominio de los medios de navegación y el profundo conocimiento de los mares y de los elementos atmosféricos, junto con la costumbre de los tráficos marítimos, les permitieron llegar a ser un ejemplo en la cuenca mediterránea. De aquí la fama que tenían de crueles piratas o hábiles comerciantes, de astutos o estafadores mercaderes o de grandes e intrépidos navegantes. 


Sea como fuere, los fenicios, animados por el deseo de adquirir fuentes cada vez más nuevas y remuneradas de aprovisionamiento de materias primas y de comerciar los productos propios elaborados en la madre patria, recorrieron enormes distancias, siendo los pioneros en trazar rutas hacia el Mediterráneo occidental y, más allá de las columnas de Hércules, hacia las costas atlánticas de África y de Europa, abriendo a la historia la cuenca occidental del Mediterráneo.


Los fenicios desconocían la brújula, lo que les obligó en principio a navegar de día, bordeando la costa, sin perder de vista el litoral, en breves etapas, atracando de noche en puntos de la costa, practicando una navegación de cabotaje. Inicialmente, estos marinos fenicios se orientaban siguiendo los accidentes orograficos costeros, como penínsulas, estuarios, cabos o simples salientes costeros. Esta navegación la practicaron los fenicios hasta el siglo XI a. c, siendo a partir de esta fecha cuando los fenicios deciden adentrarse en aguas lejanas, como Creta, Sicilia, Cerdeña, la Península Ibérica y más allá.

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LOS FENICIOS Y EL ATLÁNTICO

GONZALEZ ANTÓN, R., LÓPEZ PARDO, F. Y PEÑA ROMO, V. 

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Navegar a grandes distancias. La Estrella Fenicia


A diferencia de la navegación de cabotaje,  la navegación de largo recorrido tenía lugar durante la noche orientados por la constelación de la Osa Mayor, conocida en el mundo antiguo con el nombre de Estrella Fenicia.


La velocidad de la flota comercial giraba en torno a los 2-3 nudos, en un día se podían recorrer más de 50 millas marinas, que permitían llegar, salvo en algunas travesías de especial longitud, a la vista de las costas. 

Cuenta el historiador Polibio la noticia de que por lo que se refiere a la velocidad máxima del recorrido de un trecho de mar del que se tenía conocimiento, en ocasiones se habían recorrido 125 millas marinas en 24 horas con una media de más de 5 nudos por hora.


Según los cálculos estimados, un trayecto entre las costas de Fenicia y las columnas de Hércules podría  durar unos dos meses.



La navegación comercial tenía lugar casi exclusivamente entre los meses de marzo y octubre, es decir, durante la temporada más benigna del año, y empezaba con especiales ceremonias, con la intención de propiciar los tráficos marítimos. La falta de vientos constantes, como los alisios en la cuenca del Mediterráneo, constituyó seguramente un problema no leve para los largos trayectos, con relación al tipo de velamen en uso en aquella época. 

Sin embargo, la inconstancia de los vientos mediterráneos y su orientación tan variable, aunque a veces impusieron paradas de varios días de duración, también permitieron que el tráfico comercial se desarrollara en todas direcciones, sin necesidad de que hubiera temporadas de espera o de que se dieran giros condicionados por los vientos.



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EL BARCO MERCANTE FENICIO EN EL PERIODO PRECOLONIAL DEL PRIMER MILENIO A.C


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Gran resonancia tuvieron en la antigüedad los viajes de exploración con fines comerciales, efectuados por los  fenicios en búsqueda de metales o de nuevos mercados. 

Cuenta el historiador Heródoto que los fenicios, por encargo del faraón Necao, realizaron hacia finales del siglo VII a.C. un viaje de tres años que los llevó a circunnavegar el continente africano de oriente a occidente. 

Hacia finales del siglo V a.C., el cartaginés Hannón, poniendo vela desde Cartago hacia el océano Atlántico, traspasó las columnas de Hércules, llegando hasta el golfo de Guinea. También de ese tiempo es el viaje del cartaginés Himilcón a lo largo de las costas atlánticas de Europa hasta alcanzar la Bretaña y, tal vez, las islas Casitérides (Gran Bretaña e Irlanda). 

Algunos hallazgos arqueológicos atestiguan la presencia, aunque temporal, de los cartagineses en las islas Azores, mientras ulteriores noticias de antiguos autores cuentan viajes fabulosos efectuados por los fenicios en regiones del océano Atlántico.


Para poder desarrollar sus actividades comerciales, los fenicios utilizaron barcos equipados adecuadamente para dichos fines, que explotaban todos los recursos puestos a disposición por la técnica de los astilleros de la época . 

Los barcos de transporte fenicios tenían una longitud comprendida entre los veinte y los treinta metros y la anchura era de seis o siete metros; el calado era de un metro y medio aproximadamente, en analogía con la parte saliente del casco. 

Si las medidas ahora mencionadas corresponden a la mayor parte de la flota en uso, no hay que excluir los barcos mercantiles de mayores dimensiones. La popa era redondeada y culminaba con un friso de cola de pescado o en forma de viruta, así como la proa, también curvilínea, acababa en el aplustro, un friso zoomorfo representando la cabeza de un caballo. En el casco, a espaldas de la proa, estaban representados dos ojos, que, según la intención de cada caso, tenían que permitir al barco ver la ruta y tenían que causar terror a los enemigos. La propulsión de estos barcos estaba garantizada por la presencia del palo maestro que sostenía una vela rectangular, fija con una yerga que se orientaba según fuera la dirección del viento. La forma y la posición de la vela permitían al barco tan sólo unas andaduras con vientos provenientes de los cuadrantes de popa. El gobierno del barco estaba asegurado por el timón, un remo con las palas asimétricas muy amplias, que se sujetaba en el lado izquierdo, cerca de la popa. En el puente del barco, siempre hacia la parte de popa, surgía el castillo que ofrecía protección a la tripulación y contenía los aparejos además de la cocina de a bordo.

La tripulación de estos buques raramente superaba los veinte hombres, incluyendo al capitán armador y al piloto, puesto que la navegación de vela no requería un número mayor de marineros. 

Las embarcaciones de la flota de guerra de los fenicios y de Cartago eran sin embargo más delgadas que la flotilla comercial. Mientras la popa era semejante a la de los barcos comerciales, la proa se apartaba bastante, puesto que constituía la parte más importante de la embarcación y el arma ofensiva durante las batallas. 

Era precisamente en la extremidad de la proa donde se colocaba el espolón, es decir, una punta de bronce de diferentes perfiles que se utilizaba para destrozar los costados de los barcos adversarios. A los lados de la proa estaban ubicados los acostumbrados ojos, encima de los cuales se hallaban los orificios por los que pasaban los cables de las anclas. En el puente, siempre hacia proa, estaba situado el castillo, una estructura de madera que durante los enfrentamientos albergaba a los arqueros o las catapultas; en popa estaba en cambio el puente, reparo y alojamiento del capitán y de los oficiales. El gobierno del barco estaba asegurado por dos timones colocados en los costados, cerca de la popa. 

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Sobre la flota de guerra, la técnica de combate y la construcción naval:
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A partir del siglo X a. de C. los fenicios tenían pues los motivos y la habilidad marinera suficiente para acercarse a las costas de Iberia.

Durante el siglo VII, las redes de intercambio se hacen más intensas. La fundación de Ebussus (Ibiza) permite la consolidación de relaciones comerciales en las que se intercambian productos y se aportan nuevos conocimientos técnicos para la obtención de vino y aceite; nuevas técnicas para  la fabricación de cerámica  como el torno o nuevos tipos de hornos. Se obtendrán a cambio otros productos y en especial mineral de hierro y galena argentífera.


Fenicios en Torre la Sal

Los primeros contactos se producen en las playas, estableciendo pactos entre las comunidades locales y los navegantes, de tal modo que nuevos productos y las nuevas técnicas acaban en manos de las elites locales. 

Un producto que se introduce y que confiere prestigio al que los adquiere es el vino. Un negocio que conviene a los locales y a los navegantes fenicios es el intercambio de vino por mineral de hierro u otros metales.

Las playas de Torre la Sal cumplen con todos los requisitos para convertirse en un lugar de intercambio: minas, un lugar para desembarcar y accesos fáciles al interior de la península y a lo largo de la costa. 

Resultado de imagen de torre la sal
Durante el siglo VI a. de C., favorecido por los intercambios comerciales, se van produciendo numerosos asentamientos ordenados en el margen de la vía de la costa, un camino consolidado que sirve para redistribuir los productos procedentes del comercio fenicio desde el punto de desembarco. Son pequeñas masías agrícolas sin pretensiones defensivas. 

No obstante, uno de estos asentamientos irá adquiriendo mayor tamaño y atrayendo nuevos pobladores, haciendo que se abandone incluso el lugar estratégico en la cima del Tossal del Mortorum. Está  precisamente junto al punto de desembarco, que se convertirá con el paso del tiempo en un emporio comercial de primer orden. 

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Tossal del Mortórum (Cabanes, Castellón): un posible asentamiento minero con materiales fenicios de los siglos VII-VI aC

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Fenicios en el Torrelló de Boverot

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Gustau Aguilella Arzo*
Josep Lluis Peñarrocha**

Gustau Aguilella Arzo*
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Resultado de imagen de boverotEn la margen izquierda del río Mijares, a escasos 10 kilómetros de la costa, sobre un espolón del río,,se asienta un tell artificial de cuatro metros de potencia. Se trata de un asentamiento que comenzó a ser habitado a finales del bronce final o incluso antes y hasta los inicios de la iberización en los albores del siglo VI, pasando, por las influenciasde los campos de urnas y por los materiales importados fenicios occidentales. 

Con posterioridad se producirá un hiatus de población, hasta bien entrado el momento pleno y final de la cultura ibérica.


Los primeros contactos con los indígenas de estas zonas, a inicios y mediados siglo VII a. de C., este tipo de vajilla apenas se comercializaría en las costas


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Los expertos nos invitan a suponer, al igual que ocurre en el río Ebro, la existencia de un centro receptor y distribuidor de mercancías. Ese centro receptor hay razones para suponer que era Torre la Sal.
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Sobre la ciudad de Onusa que cita Livio y la relación con un ciudad comercial:

ONUS(S)A: TOPONIMIA Y COMERCIO ANTIGUOSEN EL LITORAL DEL MAESTRAZGO 

Luciano Pérez Vítatela


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miércoles, 29 de julio de 2015

Indibil y Mandonio cambian de bando y decantan la balanza a favor de Roma


poblado-iberoSegunda Guerra Púnica


En el año 212 a. C., durante la segunda guerra púnica, los hermanos Publio y Cneo Cornelio Escipión pasaron al ataque, siendo derrotados y muertos por los cartagineses. La conducta de Asdrúbal Giscón, que exigió a ilergetes y ausetanos dinero y la entrega de la mujer de Mandonio y las hijas de Indíbil como rehenes y garantes de su fidelidad, los empezó a separarse de los cartagineses. 


Año 209. Cuenta Titp Livio que Publio Escipión (hijo) había pasado todo el invierno ocupado en la conquista de diversas tribus hispanas, bien mediante sobornos, bien mediante la devolución de sus compatriotas que habían sido tomados como rehenes o prisioneros. 

Al comienzo del verano Edecón, un jefe hispano famoso, vino a visitarle. Su esposa e hijos estaban en manos de los romanos; pero aquella no era la única razón por la que venía, también le influyó el aparente cambio de sentir que se produjo en toda Hispania en favor de Roma y contra Cartago. 

Por el mismo motivo se movíeron Indíbil, rey de los ilergetes, habitantes de la margen izquierda del valle del Ebro, y Mandonio, jefe del pueblo de los ausetanos, habitantes de las tierras próximas a la costa en el noreste de la península (Vich); que eran sin duda alguna los más poderosos príncipes de Hispania. Junto con sus fuerzas, abandonaron a Aníbal, se retiraron a las colinas que estaban sobre su campamento y, manteniéndose a lo largo de las cumbres de las montañas, se abrieron camino con seguridad hasta el cuartel general romano.

Cuando Asdrúbal vio que el enemigo estaba recibiendo tales incrementos de fuerza, mientras las suyas propias disminuían en la misma proporción, se dio cuenta de que seguiría la sangría a menos que efectuase algún movimiento audaz; así pues, decidió aprovechar la primera oportunidad que tuviera para combatir.

Escipión ansiaba todavía más una batalla; su confianza había aumentado con el éxito y no estaba dispuesto a esperar hasta que se hubiesen unido los ejércitos enemigos, prefería enfrentarse a cada uno por separado en vez de a todos juntos. Sin embargo, para el caso de que tuviera que enfrentar sus fuerzas combinadas, había aumentado sus fuerzas por cierto método ingenioso. Como toda la costa hispana estaba ahora limpia de buques enemigos, ya no estaba dando uso a su propia flota, así que tras varar los barcos en Tarragona hizo que las tripulaciones aliadas reforzaran su ejército terrestre. Tenía armamento más que suficiente, pues junto al conseguido en la captura de Cartagena tenía aquel fabricado posteriormente por la gran cantidad de artesanos.

Lelio, en cuya ausencia no emprendió nada de importancia, había regresado de Roma, por lo que en los primeros días de la primavera partió de Tarragona con su ejército combinado y se dirigió directamente hacia el enemigo.

Había paz por todo el país que atravesó; cada tribu, según se aproximaba, le daba una recepción amigable y lo escoltaba hasta sus fronteras. En su camino se encontró con Indíbil y Mandonio. El primero, hablando por sí mismo y por su compañero, se dirigió a Escipión con un lenguaje grave y avergonzado, muy diferente del discurso áspero e insensato de los bárbaros. Presentó el hecho de haberse pasado a Roma más como una decisión irremediable que como si reclamase la gloria de haberlo hecho a la primera oportunidad. 

Era muy consciente, dijo, de que la consideración de desertor era odiosa para los antiguos amigos y sospechosa para los nuevos; tampoco consideraba errónea esta manera de considerarlo, siempre y cuando el doble odio generado se refiriese al motivo y no al nombre. Luego, después de insistir en los servicios que habían prestado a los generales cartagineses y en la rapacidad e insolencia que el último había exhibido, así como en los innumerables males que les había infligido a ellos y a sus compatriotas, prosiguió: "Hasta ahora hemos estado aliados con ellos por lo que respecta a nuestra presencia física, pero nuestros corazones y mentes han estado desde hace mucho donde creemos que se aprecian el derecho y la justicia. Venimos ahora, como suplicantes a los dioses que no permiten la violencia y la injusticia, y te imploramos, Escipión, que no consideres nuestro cambio de bando ni como un crimen ni como un mérito; juzga y evalúa nuestra conducta, considerando qué clase de hombres somos, poniéndonos a prueba de ahora en adelante". 

El general romano contestó que, precisamente esto, era lo que él deseaba hacer; no consideraría como desertores a hombres que no mantuvieron una alianza en la que no se respetó ninguna ley, ni divina ni humana. Entonces llevaron ante ellos a sus esposas e hijos, que les fueron devueltos en medio de lágrimas de alegría. Desde aquel día fueron huéspedes de los romanos, concluyéndose por la mañana un tratado definitivo de alianza y marchando a traer sus tropas. A su regreso compartieron el campamento romano y actuaron como guías hasta llegar donde el enemigo.

El ejército de Asdrúbal, que era el más cercano de los ejércitos cartagineses, se encontraba cerca de la ciudad la antigua Baecula, tradicionalmente identificada con Bailén,  Ante su campamento tenía destacamentos avanzados de caballería. Los vélites, los antesignarios, soldados de vanguardia que iban inmediatamente delante de las enseñas, como iban al frente de su marcha y antes de elegir el terreno para su campamento, lanzaron un ataque con tal desprecio que resultó perfectamente evidente el grado de ánimo que poseía cada bando.

La caballería fue rechazada hasta su campamento en desordenada huida, avanzando los estandartes romanos casi hasta sus mismas puertas. Aquel día, con sus ánimos excitados por el combate, los romanos instalaron su campamento. 

Por la noche, Asdrúbal retiró sus fuerzas a un montículo en cuya cima se extendía una llanura. Había un río en la parte posterior, y por delante y a los lados tenía como una orilla escarpada que la rodeaba completamente. Por debajo de esta había otra planicie en suave declive, que también estaba rodeada por un repecho de difícil ascenso. A esta llanura inferior envió Asdrúbal, al día siguiente, a su caballería númida y a las tropas ligeras baleáricas y africanas, cuando vio las tropas del enemigo formadas en orden de batalla ante su campamento. 

Escipión, cabalgando entre la formación y las enseñas, les señaló que "el enemigo, habiendo abandonado de antemano toda esperanza de contenerlos en terreno llano, se ha retirado a las colinas: allí los podían ver, apoyándose en la fuerza de su posición y no en su valor y sus armas". Pero los muros de Cartagena que habían escalado los soldados romanos eran aún más altos. Ni colinas, ni una ciudadela, ni siquiera el propio mar habían sido impedimento para sus armas. Las alturas que había ocupado el enemigo solo servirían para que este tuviera que saltar sobre riscos y precipicios al huir, pero él les cortaría incluso aquella vía de escape. 

En consecuencia, dio órdenes a dos cohortes para que una de ellas ocupara la entrada del valle inferior por donde fluía el río y que la otra bloquease el camino que llevaba de la ciudad al campo, sobre la ladera de la colina. Él en persona llevó las tropas ligeras, que el día anterior habían barrido al enemigo, contra las tropas ligeras que se encontraban estacionadas en el repecho inferior. Marcharon inicialmente por terreno quebrado, impedidos solo por el camino; después, cuando llegaron al alcance de los dardos, fue lanzada sobre ellos una inmensa cantidad de toda clase de armas; mientras, por su parte, no solo los soldados, sino una multitud de vivanderos  mezclados con los soldados, lanzaban piedras tomadas del suelo, que se extendían por todas partes y que casi en su totalidad servían como proyectiles. 


Sin embargo, aunque el ascenso fue difícil y casi se vieron superados por las piedras y los dardos, con su práctica en aproximarse a las murallas y su tenacidad de espíritu lograron los romanos superar la primera. Estos, tan pronto como llegaron a terreno nivelado y pudieron sostenerse a pie firme, obligaron al enemigo, débil para sostener el cuerpo a cuerpo, compuesto por tropas ligeras armadas para escaramucear y que solo se podía defender a distancia mediante una clase de combate elusivo librado mediante descarga de proyectiles, a huir de su posición; dando muerte a gran cantidad de ellos, los empujaron hasta donde estaban las fuerzas situadas por encima de ellos, en la altura superior. Sobre esta, Escipión, habiendo ordenado a las tropas victoriosas que se levantaran y atacasen el centro del enemigo; dividió sus fuerzas restantes con Lelio: las que este dirigía fueron enviadas a rodear la colina por la derecha hasta que encontrasen un camino de fácil ascenso, él mismo, entretanto, dando un corto rodeo por la izquierda, cargarían contra el enemigo por el flanco. Como consecuencia de esto, la línea cartaginesa fue puesta en confusión mientras trataban de dar la vuelta y enfrentar sus filas hacia donde resonaban los gritos que les rodeaban por todas partes. Durante esta confusión llegó también Lelio y, mientras el enemigo se retiraba para no quedar expuesto a ser herido por detrás, su línea frontal se desarticuló y dejó un espacio que ocupó el centro, que por aquel terreno abrupto nunca habría podido pasar en formación y con los elefantes situados frente a los estandartes. Mientras las tropas del enemigo eran masacradas en todos los sectores, Escipión, que con su ala izquierda había cargado sobre la derecha enemiga, estaba ocupado principalmente en atacar su flanco descubierto. Y ahora ya ni siquiera quedaba espacio para huir, pues destacamentos de tropas romanas habían bloqueado los caminos a ambos lados, derecha e izquierda, y la puerta del campamento estaba bloqueada por la huida del general y sus principales oficiales; a esto había que añadir el miedo a los elefantes que, cuando estaban desconcertados, eran más temidos que el enemigo. Murieron, así pues, al menos ocho mil hombres.

domingo, 5 de julio de 2015

Escipión saquea Onusa después de la victoria en la desembocadura del Ebro

Resultado de imagen de desembocadura del ebroCuenta Tito Livio que al principio de aquel verano (en el año 217 a. de C.) comenzó la guerra en Hispania, tanto por tierra como por mar. 

Asdrúbal añadió diez barcos a los que había recibido de su hermano, equipados y dispuestos para la acción, y dio a Himilcón una flota de cuarenta buques. Luego partió de Cartago Nova, manteniéndose cerca de tierra, y con su ejército moviéndose en paralelo a lo largo de la costa, listo para enfrentarse a cualquier fuerza que el enemigo le presentara.

Cuando Cneo Escipión se enteró de que su enemigo había abandonado sus cuarteles de invierno adoptó, en un principio, la misma táctica, pero luego consideró que no debía aventurarse a un combate terrestre a causa de las persistentes nuevas de más tropas auxiliares. 

Después de embarcar una fuerza selecta de su ejército, se dirigió con una flota de treinta y cinco barcos a enfrentarse con el enemigo. El día después de salir de Tarragona (su cuartel de invierno) fue a anclar a un punto distante diez millas de la desembocadura del Ebro (entonces todavía sin delta o con un delta muy reducido). Despachó dos barcos marselleses en reconocimiento y regresaron con informes de que la flota cartaginesa estaba anclada en la desembocadura del río y que su campamento estaba en la orilla. Escipión levó anclas enseguida y navegó hacia el enemigo con intención de provocarles un repentino pánico al sorprenderles con la guardia baja y sin sospechar del peligro.

Había en Hispania muchas torres situadas en terrenos elevados y que se empleaban tanto como atalayas como de puestos de defensa contra piratas. Fue desde una de estas donde vieron primeramente a los buques enemigos y lo señalizaron a Asdrúbal; la confusión y el alboroto llegaron antes al campamento de la costa que a los buques en la mar, pues aún no se oía el chapoteo de los remos y otros ruidos de los buques al avanzar y las puntas de tierra ocultaban la vista de la flota romana. 

De repente, llegó un jinete tras otro, enviados por Asdrúbal, ordenando que todos los que vagaban por la playa o descansaban en sus tiendas embarcasen a toda velocidad y tomasen las armas, pues la flota romana estaba ahora no lejos del puerto. Tal orden fueron dando los jinetes por todas partes, antes de que el propio Asdrúbal apareciera con todo su ejército. 

Por todas partes había ruido y confusión, los remeros y los soldados estaban mezclados a bordo, más como hombres que huían que como soldados dispuestos a entrar en acción. Apenas estuvieron todos a bordo, unos soltaban amarras y se inclinaban sobre las anclas, otros cortaban los cables; todo se efectuaba con demasiada prisa y velocidad, estorbando las labores náuticas a los preparativos de los soldados e impidiéndoles disponerse al combate a causa del pánico y la confusión que prevalecía entre los marineros. Para entonces, no solo estaban ya cerca los romanos, sino que incluso habían dispuesto sus buques para el ataque. 

Batalla naval del Ebro primavera del 217 AC. Auto J.G. Mencia Los cartagineses estaban completamente paralizados, más por su propio desorden que por la llegada del enemigo, y giraron sus barcos para huir tras abandonar una lucha de la que sería más exacto decir que se intentó y no que comenzó. Pero resultaba imposible que su línea, ampliamente extendida, entrase a la vez por la desembocadura del río, así que los barcos fueron llevados a tierra por todas partes. Algunos de los que iban a bordo desembarcaron por aguas poco profundas, otros saltaron a la playa, con o sin armas, huyendo hasta el ejército formado a lo largo de la costa. Dos barcos cartagineses, sin embargo, fueron capturados al principio y cuatro resultaron hundidos.


Aunque los romanos veían que el enemigo estaba formado en tierra y que su ejército se extendía por la orilla, no dudaron en perseguir al enemigo aterrorizado de la flota. Se hicieron con todos los buques que no habían encallado sus proas en la playa o llevado sus cascos hasta los vados sujetando cabos a sus popas y arrastrándolos tierra adentro. De cuarenta embarcaciones, veinticinco fueron capturadas de esta manera. Esto no fue, sin embargo, la mejor parte de la victoria. Su importancia principal radicó en el hecho de que este encuentro insignificante dio el dominio de todo el mar adyacente. 

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A continuación, la flota navegó hacia Onusa y allí los soldados desembarcaron, capturaron y saquearon el lugar para luego marchar hacia Cartagena. Asolaron toda la comarca alrededor y acabaron prendiendo fuego a las casas adyacentes a murallas y puertas

Reembarcaron cargados con el botín, navegaron hacia Loguntica [Lucenrum ?, Alicante], donde encontraron gran cantidad de esparto que Asdrúbal había reunido para uso naval. Tras apoderarse del que podrían usar quemaron el resto. No se limitaron a recorrer la costa, sino que cruzaron hasta la isla de Ibiza [Ebusum] (desde antiguo un enclave fenicio) donde efectuaron un decidido pero infructuoso ataque sobre la capital durante dos días completos. 

Al darse cuenta de que únicamente estaban perdiendo el tiempo con una empresa sin esperanza, se dieron a saquear el país, devastando y quemando varias aldeas. Aquí lograron más botín que en el continente, y después de colocarlo a bordo, estando ya a punto de partir, llegaron algunos embajadores de las islas Baleares hasta Escipión para pedir la paz. 

Desde aquí, la flota navegó hasta la provincia Citerior, donde se reunieron embajadores de todos los pueblos de la zona del Ebro, algunos incluso de las partes más remotas de Hispania. Los pueblos que realmente reconocieron la supremacía de Roma y entregaron rehenes sumaron ciento veinte. Los romanos tenían ahora tanta confianza en su ejército como en su armada y marcharon hasta el paso de Despeñaperros [saltus castulonensem, el paso de Cástulo. Asdrúbal se retiró a Lusitania, donde estaba más cerca del Atlántico.

Ahora parecía como si el resto del verano fuera a ser tranquilo, y así habría sido, por lo que a los cartagineses concernía. Pero el temperamento hispano es inquieto y amigo de los cambios, y después que los romanos hubieran abandonado el paso y se hubieran retirado hacia la costa, Mandonio e Indíbil, quien fuese anteriormente reyezuelo de los ilergetes [de Iltirta-Ilerda, la actual Lérida.], rebelaron a sus compatriotas y procedieron a correr las tierras de aquellos que estaban en paz y alianza con Roma. Escipión envió un tribuno militar con algunos auxiliares ligeramente armados para dispersarlos, y después de un enfrentamiento sin importancia, pues eran indisciplinados y estaban desorganizados, fueron casi todos puestos en fuga, algunos resultaron muertos o se les capturó y una gran parte se vio privada de sus armas. 

Este altercado, sin embargo, trajo Asdrúbal, que marchaba hacia el oeste, de vuelta en defensa de sus aliados al sur del Ebro (que según los tratados era territorio cartaginés). Los cartagineses se encontraban acampados entre los ilergavones [pueblo que habitaba próximo a la desembocadura del Ebro (entre el Ebro y el Mijares); el campamento romano estaba en Nueva Clase [pudiera ser Ad Nova, entre Lérida y Tarragona, mencionada en el itinerario Antonino, cuando nuevas inesperadas cambiaron el curso de la guerra en otra dirección.
(Así las cosas, tenemos a los romanos en territorio ilergeta, apaciguado pero no contento; y a los cartagineses en territorio ilergavón, que recientemente había sido rapiñado por los romanos. Por lo tanto la situación de los cartagineses parece más cómoda).

(Pero los celtíberos, del valle del Ebro, pero más interior que ilergetas y e ilergavones, desequilibran las cosas a favor de los romanos incitados por éstos). Los celtíberos, que habían enviado a sus notables ante Escipión, como embajadores, y habían entregado rehenes (para reforzar su compromiso de fidelidad), fueron incitados por un enviado de Escipión (seguramente invocando a los rehenes  como coaación y al botín como recompensa) a tomar las armas e invadir la provincia de Cartagena con un poderoso ejército. Capturaron al asalto tres ciudades fortificadas, y combatieron dos batallas victoriosas contra el propio Asdrúbal, matando a quince mil enemigos, haciendo cuatro mil prisioneros y apoderándose de numerosos estandartes. 

Esta era el estado de cosas cuando Publio Escipión, cuyo mando le había sido prorrogado tras haber cesado en el consulado, llegó a la provincia que le había sido asignada por el Senado. 

viernes, 3 de julio de 2015

LA CIUDAD DE ONUSA EN EL RELATO DE TITO LIVIO.

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Desde Sagunto hacia la conquista de Italia. Anibal pasa por la ciudad de Onusa

Cuenta Tito Livio que tras la captura de Sagunto, Aníbal se retiró a sus cuarteles de invierno en Cartagena. 


Estando en Cartagena le llegaron los informes de cuanto ocurría en Roma y en Cartago y se enteró de que él era, además del general que iba a dirigir la guerra, el único responsable de su estallido. 



Como no quería más retrasos, vendió y distribuyó el resto del botín, convocó a todos aquellos de sus soldados que eran de origen hispano y se dirigió a ellos para arengarlos: "Creo que vosotros mismos, aliados, reconoceréis que, ahora que hemos reducido todos los pueblos de Hispania, no nos queda más que poner fin a nuestras campañas y licenciar nuestros ejércitos o llevar nuestras guerras a otras tierras. Si tratamos de ganar botín y gloria de otras naciones, estos pueblos disfrutarán no solo de las bendiciones de la paz, sino también de los frutos de la victoria. Dado que, por lo tanto, nos esperan campañas lejos de casa, y no se sabe cuando volvéis a ver vuestras casas y cuanto os es querido, os concedo licencia para que todo el que lo desee pueda visitar a su gente amada. Debéis volver a reuniros a principio de la primavera, para que podamos, con la benevolente ayuda de los dioses, dedicarnos a una guerra que nos proporcionará inmenso botín y nos cubrirá de gloria". 


Todos ellos agradecieron la oportunidad, ofrecida tan espontáneamente, de visitar sus hogares tras una ausencia tan larga y en previsión de una ausencia aún más duradera. El descanso invernal, tras sus últimos esfuerzos y antes de los aún mayores que habrían de hacer, restauró sus facultades mentales y físicas, fortaleciéndoles de cara a las nuevas pruebas.

En los primeros días de la primavera se reunieron conforme a las órdenes. 

Después de pasar revista a la totalidad de los contingentes nativos, Aníbal fue a Cádiz (Gades), donde cumplió sus promesas a Hércules en el famoso santuario fenicio de Melqart-Herakles, y se comprometió con nuevos votos a esa deidad en el caso de que su empresa tuviera éxito.

Como África sería vulnerable a los ataques procedentes de Sicilia durante su larga marcha a través de Hispania y las dos Galias hasta Italia, decidió asegurar los territorios que iban a quedar en retaguardia con una fuerte guarnición. Para ocupar su lugar requirió tropas de África, una fuerza consistente principalmente infantería ligera[iaculatorum levium: lanzadores de jabalinas ligeros]. Habiendo transferido así africanos a Hispania e hispanos a África, esperaba que los soldados de cada procedencia prestaran así un mejor servicio, estado obligados por obligaciones recíprocas.

La fuerza que despachó a África consistió en trece mil ochocientos cincuenta infantes hispanos con cetras [escudo de entre 50 y 70 centímetros, de cuero o madera forrada de cuero] y ochocientos setenta honderos baleáricos, junto a un cuerpo de mil doscientos jinetes procedentes de muchas tribus. Esta fuerza estaba destinada en parte a la defensa de Cartago y en parte a distribuirse por el territorio africano. Al mismo tiempo, se enviaron oficiales de reclutamiento por diversas ciudades; ordenó que unos cuatro mil jóvenes escogidos de los alistados fueran llevados a Cartago para reforzar su defensa y también como rehenes que garantizasen la lealtad de sus pueblos.

Las mismas previsiones hubieron de hacerse en Hispania, tanto más cuanto que Aníbal era plenamente consciente de que los embajadores romanos habían ido por todo el país para ganarse a los jefes de las diversas tribus. Puso al mando a su enérgico y capaz hermano, Asdrúbal, y le asignó un ejército compuesto principalmente por tropas africanas: once mil ochocientos cincuenta de infantería africana, trescientos ligures y quinientos baleares. A estos infantes auxiliares añadió cuatrocientos cincuenta de caballería libio-púnica (raza mezcla de púnicos y africanos), unos mil ochocientos númidas y moros, habitantes de la orilla del océano y un pequeño grupo montado de trescientos ilergetes alistados en Hispania. Finalmente, para su sus fuerzas terrestres estuviera completa en todas sus partes, asignó veintiún elefantes.

La protección de la costa precisaba una flota, y como era natural suponer que los romanos emplearían nuevamente este arma, con la que habían logrado antes victorias, destinó una flota de cincuenta y siete buques, incluyendo cincuenta quinquerremes, dos cuadrirremes y cinco trirremes, aunque únicamente estaban dispuestas y pertrechadas de remos treinta y dos quinqueremes y los cinco trirremes.

Desde Gades volvió a los cuarteles de invierno de su ejército en Cartagena, y desde Cartagena comenzó su marcha hacia Italia.

Pasando por la ciudad de Onusa, marchó a lo largo de la costa hasta el Ebro.

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¿Dónde estaba Onusa?


¿Qué era Onusa?


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Dice la leyenda que mientras estaba detenido antes de cruzar el Ebro, vio en sueños a un joven de apariencia divina que le dijo que le había enviado Júpiter para que actuase como guía a Aníbal en su marcha a Italia. Debía, por tanto, seguirle y no apartar los ojos de él. Al principio, lleno de asombro, lo siguió sin mirar a su alrededor ni hacia atrás, pero como la curiosidad instintiva le impulsaba a preguntarse qué era lo que le estaba prohibido mirar a sus espaldas, ya no pudo controlar sus ojos. Vio detrás de él una serpiente grande y maravillosa, que se movía derribando árboles y arbustos frente a ella, mientras a su paso levantaba una tempestad de truenos. Él le preguntó qué significaba aquel maravilloso portento y se le dijo que era la devastación de Italia; que tenía que seguir adelante sin hacer más preguntas y dejar que su destino permaneciera oculto.

Complacido por esta visión, procedió a cruzar el Ebro con su ejército, en tres grupos, tras enviar hombres por adelantado para asegurarse con sobornos la buena voluntad de los habitantes galos en sus lugares de cruce y también para reconocer los pasos de los Alpes.

Llevó noventa mil de infantería y doce mil de caballería a través del Ebro. Su siguiente paso fue someter a los ilergetes, los bargusios y a los ausetanos, así como el territorio de la Lacetania que se encuentra a los pies de los Pirineos. Puso a Hanón al mando de toda la línea de costa para asegurar el paso que conecta Hispania con la Galia, y le dio un ejército de diez mil infantes para mantener el terreno y mil de caballería. Cuando su ejército comenzó el paso de los Pirineos y los bárbaros vieron que era cierto el rumor de que les llevaban contra Roma, tres mis carpetanos desertaron. Se dio a entender que les indujo a desertar no tanto la perspectiva de la guerra como la duración de la marcha y la imposibilidad de cruzar los Alpes. Como hubiera sido peligroso exigirles volver o tratar de detenerlos por la fuerza, por si se levantaban los ánimos del resto del ejército, Aníbal envió de regreso a sus casas a más de siete mil hombres que, según había descubierto por sí mismo, estaban cansados de la campaña; al mismo tiempo hizo parecer que los carpetanos habían sido despedidos por él.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Ocupando el antiguo valle del oso después de la rendición de los sarracenos ante don Jaime

lapothoLa rendición de los sarracenos en la cuaresma de 1238, deja las cosas muy parecidas a como eran antes de la conquista. Que sea una rendición  y no una derrota hace posible el pacto, y sobre todo, lo que da es el derecho a los sarracenos de quedarse en el valle.

En esos primeros momentos lo único que realmente le importa a don Jaime es el control del castillo, y por eso, la misma tarde de la rendición sus hombres se ocupan de comprobar que no hay ninguna guarnición allí arriba, tal como le habían asegurado los ancianos durante la comida. El castillo, le habían dicho, no tiene caid ni hombres de Zayyan que lo guarden. Somos nosotros quienes nos ocupamos de él, y por lo tanto podemos rendirlo.

El castillo de Almenara, que se había rendido hacia poco, sí tenía una guarnición, y por eso habían tenido que pactar la rendición con el consejo de ancianos y con el caid.

De todas formas, a pesar de la palabra de los ancianos del valle, don Jaime no subió en el primer grupo. Solamente cuando comprobaron que no había nadie se reunió con los demás.
Con el castillo en su poder poco más había que organizar allí.

Sin embargo, apenas diez años después, se producen los levantamientos. Primero en el sur del reino, y después aquí en la sierra de Espadán.

Los levantamientos son sofocados, pero la situación ya no es la misma. Hay expulsiones y por lo tanto hay que pensar en cómo se cubren los huecos dejados. Hay que pensar en la repoblación y en que si hay nuevos levantamientos, éstos no afecten a los enclaves estratégicos.

Después del levantamiento, don Jaime y sus hombres convienen en que Valencia no puede quedar desconectada de Tortosa, pero también en que Burriana debe quedar salvaguardada de la sierra de Espadán en el caso de que se produzcan allí problemas.

Para ambas cosas van a servir los nuevos asentamientos que se fundan formando un cinturón protector y cubriendo el territorio entre Almenara y los dominios de las órdenes militares. Así nacen Nules, Villarreal y Castellón.


El valle del oso queda fuera de este esquema y disponible para ser entregado en régimen de señorío para cumplir con algún compromiso adquirido por el rey. 

lo cierto es que don Jaíme había tratado de repartir las tierras conquistadas procurando evitar la concentración en pocas manos. Ya en los primeros años, que se le adelantara don Blasco en la conquista de Morella, le causó gran preocupación. Bien estaba que don Blasco se quedase con Morella, pero ese caso especial no debía servir de ejemplo.

Desde incluso antes de iniciarse la conquista venían los compromisos con el obispo de Tortosa. Los nuevos asentamientos podían de algún modo cubrir esos compromisos. Esepcialmente ilusionado estaba el obispo con la fundación de Nules, que le parecía asegurada el límite sur de la dióceisis. 

Con las órdenes militares del Temple y del Hospital había cumplido dejando bajo su control los territorios fronterizos del  norte del reino conquistado. Pero había otros muchos caballeros que habían estado con él en los momentos más duros y merecían  recompensas.






domingo, 7 de septiembre de 2014

La estrategia de don Jaime para conservar Valencia

Aún no habían pasado diez años desde la conquista de Valencia, cuando se inició una revuelta en el sur del reino liderada por Al-Azraq. 

Don Jaime estaba ausente tratando de resolver las cosas de Navarra y estaba además en guerra con su yerno el rey de Castilla, y esa fue la ocasión que aprovecharon para levantarse.

Durante el verano de 1247, los musulmanes levantados se apoderaron de algunos castillos, que retuvieron, hasta que en diciembre fueron sofocados. Como represalia,  se decretó la expulsión de muchos de ellos.

A pesar del fracaso de los del sur, en enero del año siguiente se levantan los musulmanes de la sierra de Espadán. También esta rebelión es sofocada y acaba con la expulsión de muchos musulmanes en Sagunto, Almenara y Segorbe.

La consecuencia más inmediata es la decisión de fortificar más los castillos, pero se toman también decisiones más estratégicas.

La conexión entre la ciudad de Valencia y Tortosa no puede perderse, pase lo que pase. Para ello, aunque hubiera una revuelta en la sierra, debe quedar garantizado el control de los caminos que unen Valencia con las tierras catalanas.

La forma en que don Jaime y los hombres que le aconsejan pretenden conseguir este propósito es la fundación de asentamientos  importantes en la plana del rio Mijares, estratégicamente colocados, protegiendo los antiguos caminos romanos que la cruzan de norte a sur.

Los lugares elegidos son Moncofar, Nules, Villarreal y Castellón; en los que ya existen algunas alquerías. Salvo en el caso de Nules, para el que se elige una ubicación totalmente nueva.

Es una gran empresa para la que hacen falta apoyos. Uno de los principales es el del obispo de Tortosa.

Ya en 1225, el obispo de Tortosa había sido uno de los impulsores más entusiastas de la conquista de Valencia por lo que tenía de recomposición de la antigua diócesis visigoda. Ahora se trata de garantizar que no se pierda lo conquistado, y es precisamente la antigua diócesis, que llegaba según la tradición que tenían por buena, hasta Almenara, la que queda especialmente defendida con este proyecto.

El interés del obispo se centra sobre todo en la fundación de Nules. La forma de demostrarlo fue la renuncia a la mitad del diezmo que le correspondía, en favor de Guillem de Montcada, que habría de ser el señor del nuevo asentamiento.

El proyecto requería por supuesto de nuevos pobladores, que vinieron sobre todo de tierras catalanas, amparados bajo las condiciones que fijaban las cartas pueblas. 

Pero hacían falta también maestros de obras, administradores y notarios. Había que distribuir las tierras pero también de dónde y cómo habría de venir el agua y dónde los molinos y todos los demás adelantos que ya se tenían en las ciudades de aquel tiempo. Un trabajo de muchos años. que durará más que la vida del rey don Jaime.

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